Las Eras: La Era de los Elementos

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Las Eras: La Era de los Elementos

Mensaje  PhoBoS el Vie Jul 10, 2009 8:12 pm

Historia: El Fin de un Imperio



El Imperio de Argentum marcó el final de la Era de los Castillos y el comienzo de la Era de los Elementos. Protagonizó un período entero que lleva su nombre: el Período Imperial.
Fue el período más estable y fructífero de toda la historia de Argentum. Coincidió con el aprisionamiento de Averno, esto propició que el Bien y el Mal se diluyeran, pudiendo desarrollarse un sistema político global sin apenas tensiones.
El Imperio se fundó tras la victoria ante Averno. Dafte Isindard, con el apoyo de cuatro magos elementales, encarcelaron a Averno en una prisión de piedra, salvando a Argentum de su amenaza. Tras esta gran hazaña, fue declarada Emperatriz y los cuatro magos elementales su Consejo Imperial.
A lo largo de casi diecisiete siglos, la estirpe de Isindard dirigió acertada y gloriosamente a las razas libres de Argentum.
Entre otros hechos destacan:

- Fundación de los últimos asentamientos de Argentum: Icebil, Ciudad Templaria (en honor a la antigua orden) y Nueva Esperanza (asentamiento que manifiesta el optimismo de la época).

- Construcción de la Fortaleza, que dominaría los cuatro Castillos y donde se acumularía el gran poder del Imperio.

- Las Fuerzas se pusieron al servicio del Imperio como sus tropas de élite.

La liberación de Averno en el 1667 de la Era de los Elementos (EE), inició el declive del Imperio. Sus emperadores cada vez eran menos diestros en el gobierno, siendo meras sombras de los gobernadores de antaño. Las ciudades albergaron más y más desavenencias y rencores.
En el 1845 EE, estalló la Guerra Civil de Secesión, amparada por las artimañas de Averno y el crecimiento del mal en Argentum.
El último Emperador fue asesinado en el 1847 EE. El Imperio fue destruido y comenzó el Período de los Reinos.
Este período se caracterizó, desde un principio, por la heterogeneidad política. Los distintos sistemas adoptados fueron:

- Reinos: los gobernadores de las grandes ciudades se autoproclamaron reyes y establecieron las fronteras de sus reinos. Estas fronteras fueron inestables debido a continuas escaramuzas por su control.
Los tres reinos originados fueron:

• Reino de Banderbill: el Gobernador traicionero de Banderbil fijó sus fronteras norte, este y oeste en el mar y al sur, en el maldito bosque de Dorck, anexionándose a la indefensa Ullathorpe y ejecutando a su Gobernador.

• Reino de Arghâl: su Gobernador tomó el control de toda la isla en la que se encontraba, incluyendo el pueblo de Tebas y manteniendo un gran destacamento en Lindos.

• Reino de Caosbill: su gobernador reclamó todo el desierto sobre el que se asentaba Caosbill, incluyendo la ciudad de Yanhamun. Continuamente pugnó por aumentar su frontera hacia los bosques occidentales, donde se enfrentó en numerosas ocasiones a los ejércitos de Nix.


- República: Nix, al igual que durante la Guerra Civil, mantuvo un talante neutral para su propio beneficio. Declaró una república dirigida por el Senado. Sus ejércitos, intactos por no participar en la guerra, aumentaron su poder y acapararon todos los bosques de los alrededores, hasta llegar al norte al bosque de Dorck y al este al Reino de Caosbill.


- Ciudades Estado: Icebill y Nueva Esperanza se encontraban fuera del alcance de cualquier reino y eligieron sus propios dirigentes por medios pacíficos. Ciudad Templaria decidió no adherirse a ningún reino por las mezquinas intenciones que tenían todos ellos; adoptó un gobierno hereditario y ayudó económicamente a la Resistencia que fue surgiendo contra los reinos en Ullathorpe, Lindos y Tebas.

Ninguno de estos sistemas llegaba a ser ni la sombra del antiguo Imperio. Sus continuos enfrentamientos los debilitaron. Averno comenzaba a recoger lo que había sembrado.
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Re: Las Eras: La Era de los Elementos

Mensaje  PhoBoS el Vie Jul 10, 2009 8:12 pm

Capítulo I: Primera invasión Nosferatu


Aquel día, la oscuridad se cernió sobre Argentum. La invasión fue preparada durante mucho tiempo por los Nosferatus; las arañas estaban listas para ser lanzadas contra las razas que poblaban Argentum.
Rápidamente, corrió la voz. Cuatro ciudades estaban siendo atacadas por las hordas de los Nosferatus, al mando de cuatro temibles generales.
Asombrosamente y como milagro de los dioses, los ciudadanos y ciudadanas de Argentum respondieron como una única voz contra la tiranía; olvidaron sus viejas rencillas y organizaron la defensa.
Lindos fue la primera en alzarse contra la opresión de los Nosferatus. Los primeros ciudadanos en luchar se sacrificaron por todos los demás y gestaron un sentimiento de rabia y venganza.
La lucha en los terrenos fangosos de Lindos pronto se extendió a las estrechas callejuelas de Ullathorpe, donde el enemigo fue combatido brutalmente y donde cayó el primer ejército Nosferatu.
Tampoco será olvidada la mítica batalla en la isla central de Yanhamun; el general Nosferatu allí destinado, arrinconó a los valientes ciudadanos en su último reducto, la isla central. Los ataques contra la isla provocaron estallidos de sangre y objetos en los cuerpos de los mártires de Yanhamun, que acto seguido se precipitaban al mar, pero, finalmente, el general fue derrotado, y ahora su cabeza es exhibida en una pica a las puertas de la ciudad.
Con Lindos también liberado, tan solo faltaba la ciudad de Caosbill. Aquí, el General Líder Nosferatu Mandragh se había atrincherado en la Iglesia, profanando suelo sagrado. En este momento, se vivieron las escenas más dramáticas y heroicas de la invasión; ciudadanos utilizaban su propio cuerpo como escudo para arrinconar a Mandragh mientras sus hermanos atacaban torrencialmente con las últimas fuerzas que les quedaban. Finalmente, Mandragh cayó, llevándose muchas almas consigo.
La defensa de Argentum triunfó. Las cuatro Fuerzas consiguieron expulsar al enemigo y mantener sano y salvo el mundo de Argentum... hasta la próxima vez.
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Re: Las Eras: La Era de los Elementos

Mensaje  PhoBoS el Vie Jul 10, 2009 8:13 pm

Capítulo II: Periodo de paz. Acción – Reacción


En la mazmorra nosferatu, ubicada en el profundo Averno, Zrag, Caudillo nosferatu, oteaba el desolado paisaje de tono amarillento azufre desde el balcón de su sala del trono.
Su mirada estaba perdida, recordaba el momento en que conoció la humillante derrota. Aquél día se encontraba sentado en su trono, mirando sin escuchar al mensajero que hablaba arrodillado ante él. Las primeras palabras que escuchó fueron suficientes.
"Mi caudillo, el ejército de Mandragh a fracasado. El General ha muerto. Parece ser que..."
Sus planes de someter a las razas libres de Argentum habían fracasado. No solo eso, su único hijo, Mandragh, había muerto a manos de las débiles y pusilánimes razas libres.
Su hijo había sido humillado y, al mismo tiempo, Zrag había sido humillado con él. No le importaba el resto de la narración de su mensajero, de hecho era insoportable para sus oídos.
Zrag levantó ligeramente su brazo derecho del reposadero del trono, con un movimiento rápido y ascendente arrancó de cuajo la cabeza del joven nosferatu que hablaba ante él, con la misma facilidad que se espanta una mosca. La cabeza rodó hasta chocar con una de las paredes de la sala. Ésta fue la única "muestra de dolor" que mostró Zrag por la muerte de su hijo.
Ahora, tiempo después, todo volvía a estar preparado. Sabía cuál había sido su error, nunca debió enviar a su hijo como líder de la invasión.
Joven y sin experiencia, Mandragh había arrastrado a la destrucción a buena parte de los ejércitos nosferatus.
Zrag no estaba dispuesto a cometer otro error. Apartó su mirada de los amarillentos paisajes de azufre, giró sobre si mismo y penetró en su sala del trono.
Un sirviente esperaba de pié a su amo, en el centro de la habitación. Observó como el Caudillo ocupaba su lugar en el trono.
"Llamad a mi Campeón" - tronó Zrag con la mirada clavada en el suelo.
El sirviente marchó raudo a cumplir su tarea, sabiendo que su vida dependía de la rapidez con que la llevara a cabo.
Pocos minutos después, Zrag comenzó a sentir un leve temblor rítmico que fue creciendo hasta hacerse fuerte como un terremoto.
El Campeón nosferatu se inclinó ligeramente ante la arcada de casi diez metros de la sala del trono. Avanzó hasta su Caudillo y se inclinó clavando una rodilla en el suelo, haciendo saltar pedazos de las baldosas situadas bajo él. Permaneció en silencio.
Zrag alzó la mirada y sus ojos irradiaban fuego.
"Aplástalos Lemagh. Aplástalos a todos".
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Re: Las Eras: La Era de los Elementos

Mensaje  PhoBoS el Vie Jul 10, 2009 8:13 pm

Capítulo III: Segunda invasión Nosferatu


El miedo y el dolor fueron desapareciendo paulatinamente a medida que las ciudades iban reconstruyéndose. Ullathorpe y Caosville volvían a ser las grandiosas ciudades de antaño; Yanhamun y Lindos recuperaron su humilde actividad.
La invasión nosferatu estaba comenzando a ser olvidada. Nadie supo contestar como podía haber surgido un ejército de nosferatus. Esta raza era bien conocida en Argentum, al menos eso se creía. Hasta aquel momento sus apariciones se habían limitado a esporádicas presencias en terrenos salvajes. Cada cierto tiempo aparecía un nosferatu que era rápidamente eliminado antes de producir demasiados daños.
Este ataque escapaba a cualquier lógica. También resultaba extraño que la piel de los nosferatu que participaron en la invasión era distinta; en vez de ser de un tono morado - grisáceo, irradiaba una misteriosa luminiscencia verde.
Estas cuestiones sin resolver fueron olvidándose.
La mañana del día en que retornó la pesadilla fue despejada y apacible, como la tranquilidad anterior a la tormenta. Tras el almuerzo, extraños rumores recorrían todas las tierras de Argentum. Algunos aseguraban que una de las torres del Castillo Oeste había volado en pedazos. Otros afirmaban escuchar ruidos de batalla en el interior del Castillo Norte y unos pocos juraban haber encontrado cadáveres en sus proximidades que presentaban grandes incisiones cilíndricas, los cuerpos estaban extrañamente hinchados y su piel verdosa, como si hubieran sufrido algún tipo de poderoso veneno.
Los rumores pronto se consolidaron. La situación era crítica. Una vez más, el enemigo atacaba Argentum. Esta vez golpeaba los centros neurálgicos del poder en Argentum: los castillos. Quien controlaba los castillos accedía a la Fortaleza y quien poseía la Fortaleza dominaba Argentum.
Los ciudadanos no salían de su asombro. ¿Esas bestias sin inteligencia estaban atacando los castillos?
Esta vez, la defensa se organizó más rápidamente; no se produjo el caos que se extendió en la primera invasión, con los ataques a las ciudades.
Sorprendentemente, el Castillo Sur y el Castillo Este habían resistido el ataque. Dos de los clanes más poderosos de Argentum habían defendido a sus reyes con pasmosa efectividad, aniquilando al enemigo.
En cambio, el Castillo Oeste y el Castillo Norte habían sucumbido. Sus reyes habían sido asesinados. En este frente hubiera estado todo perdido de nos ser por la reacción de las Fuerzas Elementales de Argentum. Organizaron un ataque a gran escala junto a los supervivientes de ambos castillos y liberaron el Castillo Norte que quedó reducido a escombros a excepción de una de sus torres, que quedó erguida victoriosa.
Las Fuerzas y el ejército de clanes avanzaron hacia el Castillo Oeste, último bastión del enemigo invasor.
Una cruenta batalla tuvo lugar en la loma de ascenso al castillo ante un temible enjambre de feroces arañas gigantes. Con determinación, el ejército de las razas libres se abrió paso hasta el castillo, derribando las puertas y penetrando en él.
El estruendo del ejército al entrar fue silenciándose y las voces de coraje de sus soldados se convirtieron en gemidos de terror.
Un increíble monstruo se alzaba ante ellos. Un nosferatu de más de diez metros de altura les observaba con la boca entreabierta, derramando torrentes de saliva que, al tocar el suelo, hacían humear los adoquines.
El ejército no reaccionó hasta que Lemagh se cernió sobre ellos. Con amplios mandobles de sus brazos troceaba unos cuerpos y lanzaba otros a increíble altura, aplastándolos contra paredes, techo y suelo. Luminosos hechizos volatilizaban grupos enteros de soldados en nubes de polvo que inundaron el castillo y a los allí presentes; aquél día, los ciudadanos pudieron, literalmente, oler y saborear la muerte.
El ejército estaba siendo destruido, solo era cuestión de tiempo.
Algo detuvo a Lemagh. Un rugido surgió de las puertas del castillo; ronco y fuerte, consiguió que el nosferatu detuviera su masacre.
Todos miraron en dirección a las puertas pero con la nube de polvo no era visible aquella zona. Al asentarse el polvo, surgió la silueta de un poderoso paladín de Eolo, Bhaal. Con voz gélida siseó:
"Ven por mi"
Lemagh esbozó una retorcida sonrisa y avanzó a grandes zancadas hacia Bhaal con una enorme mano levantada por encima de su cabeza. Bhaal corrió hacia Lemagh, acompañado por el tintineo metálico de su armadura, y en el momento en que éste descargaba su mano contra él, rodó hacia delante y reemprendió con gran agilidad su carrera, dejando la mano de Lemagh incrustada contra el suelo.
Desenvainó su espada, que poseía un brillo rojizo, y la dispuso en posición lateral, pasó entre las piernas del nosferatu y produjo un superficial corte en una de sus piernas, un corte que ni siquiera sangró.
Lemagh se incorporó y giró sobre su cintura para mirar a Bhaal por encima del hombro, que se había detenido inmóvil tras el nosferatu.
"JA, JA, JA" - retumbó la voz de Lemagh- "¿Esto es todo lo que sabes hac...?"
No pudo acabar la frase. A partir de la herida de su pierna, una reacción en cadena tuvo lugar. Sus músculos se agarrotaban uno a uno, arrugándose bajo su piel. El efecto se extendió por todo su cuerpo torsionándolo y, finalmente, paralizándolo.
Durante cinco segundos el silencio fue absoluto. Lemagh se preguntaba humillado como un ser comparable a una hormiga le había podido hacer esto. Los ciudadanos rompieron su asombro, iniciando un frenético ataque. Cada luchador clavó su arma en Lemagh una y otra vez; cada mago descargó su mejor hechizo.
Lemagh, con un sonido chapoteante, fue desplomándose poco a poco a medida que sus músculos eran derretidos o desgarrados. Tan solo quedó una nauseabunda y hedionda masa verde.
Un clamor victorioso se elevó en el interior del castillo y fue escuchado hasta Banderville.
Una vez más, los dioses habían propiciado el triunfo de las razas libres de Argentum. La espada de Bhaal solo podía ser un regalo divino.
La celebración duró una semana; tras ella, como si de una resaca se tratara, una preocupación creció en cada corazón de Argentum.
"Esto no es el final. Están organizados"
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Re: Las Eras: La Era de los Elementos

Mensaje  PhoBoS el Vie Jul 10, 2009 8:13 pm

Capítulo IV: La predicción


Era una noche lluviosa, húmeda. En el interior de la cabaña la atmósfera era agobiante. En el ambiente podían olerse cuatro tipos distintos de incienso entremezclados, formando un empalagoso aroma. Una única vela iluminaba con un tono rojizo.
El Invocador del Fuego se encontraba situado en el centro despejado de la cabaña. Varias estanterías llenas de libros y algunos armarios bajos, junto a una mesa y una silla, eran los muebles que se disponían en la estancia.
El Invocador estaba arrodillado mirando el suelo con el cuerpo doblado. Tres piedras eran el foco de su atención, formaban un triángulo invertido.
Largos surcos de sudor recorrían su cara y desaparecían a la altura del cuello bajo su túnica roja.
Estaba pasmado. Sus ojos abiertos casi se salían de las órbitas. No era posible. De hecho, era imposible. Nunca se producía dos veces la misma predicción. El futuro estaba en continua fluctuación.
Recogió las tres piedras y recorrió la habitación, agachándose en ciertos puntos y tumbándose a ras del suelo para mirar bajo armarios y estanterías. Estaba reuniendo lo que parecían ser más piedras dispersas por toda la habitación.
Mientras, su mente divagaba intentando buscar las consecuencias de una doble predicción. Esa noche había realizado su rutinario ritual de adivinación. Este ritual no era nunca preciso, no servía para desvelar un hecho futuro, debía ponerse en común con las demás predicciones del resto de invocadores del fuego. Pero esa noche había obtenido un resultado conciso, sin ninguna duda o incertidumbre. Quedó algo extrañado, pero sabía que, visto en conjunto con las demás predicciones, seguramente solo sería una pieza más del rompecabezas de la predicción.
Algo extrañado todavía, había recogido todas las piedras y depositado en un cuenco cuando éste se le escurrió, volcándose y tirando las piedras al suelo. Maldijo su pulso mirándose las manos, entre las ranuras de los dedos lo vio. De nuevo, las piedras habían formado un triángulo invertido. Tenían una runa grabada cada una. La piedra con la runa de Amón se encontraba alineada con la piedra que poseía la runa de Afrodita; en la parte inferior del triángulo se encontraba la piedra con la runa de Calipso.
Ahora se encontraba de nuevo en la posición inicial del ritual. Sujetaba el cuenco con ambas manos por encima de su cabeza, agitándolo en círculos. Solo se escuchaba el entrechocar de piedras y los latidos de su corazón.
De pronto, se detuvo bruscamente. Inclinó el tazón haciendo caer las piedras, que pasaron a escasos centímetros de sus ojos. Observó su trayectoria descendente y le pareció que tardaban años en completar su caída.
Las piedras fueron tocando una a una el suelo y nada más hacerlo salían disparadas en líneas rectas hacia todas las direcciones posibles, rebotando contra las paredes.
Todas las piedras se dispersaron desde el centro de la habitación. Todas menos tres, que nada más entrar en contacto con el suelo quedaron pegadas a él como atraídas por un imán. Eran Amón, Afrodita y Calipso; formaban un triángulo invertido frente a la atónita mirada del Invocador.
¡Tres veces la misma predicción! El invocador se precipitó hacia la estantería más cercana a la mesa. Sacó varios libros, mirándolos rápidamente y dejándolos caer sobre la mesa, donde volcaron varios de los recipientes de incienso. Por fin, tomó un volumen grueso y lo guardó en el interior de su túnica mientras se dirigía hacia la puerta de la cabaña.
Había poco tiempo. Debía hablar con sus hermanos. Algo iba a suceder y ocurriría antes de finalizar el día.
El Invocador se alejó trotando en su corcel cuando el sol amenazaba ya con romper la noche.
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Re: Las Eras: La Era de los Elementos

Mensaje  PhoBoS el Vie Jul 10, 2009 8:14 pm

Capítulo V: Juicio final


Amroth observaba el altar situado ante él. Estaba estructurado por varios pisos rectangulares. En su parte frontal, una placa de piedra labrada ocupaba dos de los pisos, orientada casi verticalmente. En el centro de la placa, se situaba un círculo en relieve, cuyo perímetro estaba rubricado por ininteligibles runas. El último piso del altar estaba coronado por una estatua negra de un caballero de dos metros de altura que se encontraba firme en pié, sostenía una gran espada cuya punta tocaba el suelo y las manos del caballero reposaban una sobre otra en la culata del mango.
Había merecido la pena. El arduo camino hasta el Templo de las Mil Puertas, la dificultosa búsqueda del pasadizo de entrada, los diez acompañantes caídos en los laberintos del interior del templo. Para Amroth, el hallazgo del templo justificaba con creces todos los sacrificios hechos o que pudieran hacerse.
Con aire ceremonial, recorrió los cuatro pasos que le separaban del altar. Posó un dedo sobre el perímetro del círculo incrustado en la placa y fue descifrando las antiguas runas.

“El ansia de poder te hará libre”

Amroth sonrió. Era su momento. Lo que hubiera tras aquel sello le otorgaría un poder jamás imaginado por ningún mortal.
Los ojos de Amroth estaban inflamados de ambición. Aferró el sello por dos extremos y tiró de él. Se desprendió, dejando al descubierto un hueco del que emergió una luz rojiza.
El sello se convirtió en polvo sobre la palma de la mano de Amroth. Entonces, el primer piso del altar lució con el mismo resplandor rojizo que emanaba del hueco dejado por el sello. El resplandor fue propagándose en sentido ascendente, piso a piso, hasta detenerse a los pies de la estatua.
El rostro de Amroth mostraba una expresión de euforia. Su sueño estaba a punto de cumplirse.
Durante un instante el tiempo se detuvo. El altar irradiaba luz rojiza, tiñendo la estancia del tono de la sangre.
Un agujero se abrió en el pie de la estatua. Un haz de luz negra surgió de él, absorbiendo el tono rojizo de la habitación y tornándola oscura y siniestra.
La euforia de Amroth desapareció. Un miedo atroz desfiguró su expresión. Nunca había sentido un terror como el que provocaba aquel haz negro.
Surgieron más y más chorros negros procedentes de toda la superficie de la estatua hasta envolverla en una vorágine oscura.
Amroth no era dueño de su cuerpo, un instinto primal se apoderó de él: la supervivencia. No conseguía recordar cuando había comenzado a correr. Estaba convencido, no era él al que el ansia de poder le haría libre.

Averno estaba sentado sobre el altar que le había aprisionado durante siglos. Para él solo habían transcurrido unos segundos, pues su tiempo se media en unidades eternas.
Su antes petrificada piel ahora palpitaba, cubierta de escamas negras. Sus ojos refulgían como ascuas.
No le importaba en absoluto la insignificante criatura que había huido despavorida ante su presencia. Estaba tan gustoso de volver a ser libre que había decidido perdonarle la vida… por el momento.
Por fin, el dueño de las Tierras de Averno había retornado. La profecía se cumpliría.

“El día del Sol, Argentum será destruido”
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Re: Las Eras: La Era de los Elementos

Mensaje  PhoBoS el Vie Jul 10, 2009 8:14 pm

Capítulo VI: Herejía



La joven elfa Ikastten descendía por un amplio y bello valle. Quizás en otro momento hubiera podido disfrutar de aquel paisaje, estaba sumida en pensamientos que nublaban su percepción del mundo exterior.
Su condición de iniciada en la Primera Jerarquía del Fuego implicaba, además del estudio de la fogosa rama de la magia, la realización de ciertos “encargos” por parte de las jerarquías superiores que, como en aquella ocasión, podían ser disparatados y molestos.
Ikastten acudía a verificar la predicción de un invocador de su Fuerza. Según este, enloquecido probablemente, hermano, una gran catástrofe tendría lugar antes de finalizar el día.
Nadie pudo corroborar la predicción, pero siguiendo cierta técnica adivinatoria, un nombre se desveló como portador de la catástrofe: Luzbel, el poderoso mago del Agua.
Esta pequeña duda fue suficiente para que los altos hechiceros quisieran saber más al respecto. Y allí estaba ella. Sus objetivos eran claros: localizar a Luzbel y seguir sus movimientos, mandando un telepático a la Fuerza en caso de cualquier hecho extraño.
La morada de Luzbel se encontraba en una alta torre situada en un pequeño lago, en las proximidades de Banderbill.
El camino no era especialmente duro, pero sus acompañantes la contrariaban enormemente.
Sandyx y Naixa eran dos iniciadas en la Fuerza del Agua, como anunciaban sus azules túnicas. Los altos hechiceros del Fuego habían decidido, contra todo pronóstico, compartir la información con sus homólogos de la Fuerza del Agua. Cosa que levantó quejas en ambas Fuerzas, debido a su claro antagonismo y a viejas rencillas.
Los altos hechiceros del Agua habían decidido que el asunto merecía su atención y enviaron a Sandyx y Naixa como representantes y guías.
Un sentimiento de enemistad reinaba entre ellas desde el inicio del encuentro. Las conversaciones habían sido breves e incómodas.
Sandyx tampoco entendía la decisión de sus superiores. Habían permitido que se cuestionara a un hermano de la Fuerza y, además, tenían que acompañar a uno de los fanfarrones miembros del Fuego para espiar a su propio hermano. Definitivamente, alguien de ahí arriba había perdido la cabeza.
Tras lo que a las tres hechiceras les pareció una eternidad, cuando el sol ya estaba descendiendo, llegaron a la morada de Luzbel. La torre era realmente imponente, construida a base de grandes losas grises, se elevaba hasta treinta metros.
Ikastten miró a su alrededor, buscando el lugar idóneo para ocultarse y realizar un “hechizo de escucha”. Al volver la vista hacia la torre, contempló sorprendida como las dos hechiceras del Agua se encontraban ante la entrada, Sandyx agarraba el pomo de la puerta.
- ¡Un momento! – advirtió Ikastten- ¿Qué creéis que estáis haciendo?
- ¿Entrar? – preguntó Naixa remarcando con gestos la obviedad de su acción.
- Tengo órdenes. No debemos entrar en contacto con Luzbel, debemos ser precavidas – informó molesta Ikastten.
- Es la casa de un hermano, no necesitamos precaución – siseó Sandyx lanzando una fulminante mirada a Ikastten.
Tras este corto intercambio de palabras, Sandyx, que no había soltado el pomo, lo giró y penetró en el interior de la torre con ademán de superioridad.
- ¡Oh, por favor! ¡¿Cuán más largo será el día!? – se preguntó Ikastten.

La vida de un labrador era dura pero tranquila en Argentum, pensaba un joven mientras arrancaba malas hierbas de un huerto, situado a las afueras de Nix.
En un mundo donde terribles seres acechaban en los límites de la civilización para engullir a los débiles, lo mejor era permanecer cerca de la protección de la ciudad.
El sol ya no abrasaba su piel, como horas antes, permitiendo que el joven realizara su trabajo con mayor comodidad. Aun así, hubiera deseado la sombra de un buen árbol y un buen trago de hidromiel, en vez de arrancar malas hierbas y tener seco el gaznate.
El sol se ocultó como si el joven hubiera sido escuchado. Extrañado, miró al cielo, ya que el día había sido despejado. Una tormenta para refrescarme no me vendría mal, pensó.
No pudo ver el cielo. Una enorme criatura se alzaba ante él. Una mujer con la estatura superior a tres veces un nosferatu, portaba una armadura de color gris oscuro; a un lado de la cintura apoyaba un casco entero con ayuda de su brazo, al otro, una descomunal espada colgaba orientada ligeramente hacia atrás; su faz era tosca y de color azul pálido, sus ojos refulgían amarillos, sin iris ni pupila, clavados en el joven labrador; una larga cabellera oscura caía hasta la mitad de su espalda.
El joven no pudo reaccionar. Permaneció inmóvil, orinándose encima, hasta que un gigantesco pie acabó para siempre con sus anteriores preocupaciones.
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Re: Las Eras: La Era de los Elementos

Mensaje  PhoBoS el Vie Jul 10, 2009 8:15 pm

El interior de la torre era húmedo. Las pocas antorchas tan solo conseguían arrojar una tenue penumbra. No había ningún tipo de mobiliario o decoración, tan solo una escalera, construida con el mismo tipo de roca que la torre, que caracoleaba ascendiendo perdiéndose de vista. La escalera se encontraba pegada a la pared de la torre.
Sandyx y Naixa ya habían comenzado a subir e Ikastten tuvo que apretar el paso para alcanzarlas. No deseaba en absoluto ir con ellas, pero temía que algo fuera mal y la impidiera cumplir su misión, como que las hechiceras del Agua previnieran de su presencia al mago.
El sudor perlaba la cara de las tres hechiceras cuando alcanzaron el piso superior. Sandyx y Naixa accedieron directamente a una gran estancia; Ikastten decidió no subir hasta la estancia y permaneció en la escalera, fuera de la vista de quien estuviera en la habitación. La vivienda de Luzbel era alta y amplia. Grandes alfombras de distintos tipos de bestias, cubrían el suelo; el mobiliario estaba tallado en madera de roble. No menos de diez amplias estanterías contenían un incontable número de libros. La pared situada a la izquierda del final de la escalera presentaba un amplio ventanal, a través del cual, un mago azul parecía observar en pié a la lejanía, ya que tan solo podían ver su espalda.
- Maestro, soy la hermana iniciada Sandyx – anunció la hechicera en devoto respeto.
Luzbel permaneció en silencio.
- ¿Maestro? – preguntó con cierta preocupación Naixa - ¿todo va bien?
Silencio. Sandyx se acercó a Luzbel. Cuando miró a su cara para hablar mostró un gran asombro, bajó la mirada a la mitad del cuerpo del mago y soltó un alarido.
Ikastten, veloz, se precipitó al interior de la estancia, tardó unos segundos en orientarse y comprender la situación, y avanzó a largas zancadas hacia Sandyx y Luzbel, pasando cerca de la asustada Naixa.
Ikastten pudo ver como los ojos de Luzbel brillaban en un intenso amarillo. Tenía las manos a la altura del estómago y entre ellas sujetaba un viejo pergamino. Pudo ver dos runas de poder en sus esquinas superiores: Aire y Agua. No dudaba que en las esquinas inferiores se encontrarían Fuego y Tierra.
Durante cerca de un minuto, Sandyx e Ikastten permanecieron calladas, solo se escuchaban las preguntas asustadas de Naixa queriendo saber que pasaba.
- Tiene un pergamino tetraelemental – informó Ikastten sombriamente, rompiendo el silencio.
A Naixa le flojearon las piernas y cayó sentada al suelo. Sandyx acudió a ayudar y tranquilizar a su hermana.
Ikastten, con una mano temblorosa, se secó el sudor de la frente y preparó el mensaje telepático para su Fuerza.

Argon destrozaba todo a su paso. En su camino hacia Nix, arrasaba campos y granjas golpeándolos con sus pies. Sus ojos, como si de una tormenta se tratara, lanzaron rayos que hicieron arder gran parte del edificio de duelos de Nix, donde se encontraban expuestos los objetos más curiosos de Argentum.
Era milagroso que las bajas fueran tan pocas. La razón era que la mayoría de granjeros y labradores se escabullían horrorizados antes de que Argon pudiera llegar hasta ellos.
La destrucción que estaba provocando era solo posible para una diosa, como era ella. Argon era diosa de una dimensión paralela a Argentum, otro mundo llamado Kosmos. En esta dimensión, los dioses tenían un poder menor que los dioses de Argentum; en cambio, poseían las facultades de vagar por un plano con su verdadera forma y poder viajar entre dimensiones...
Argon, diosa viajera de dimensiones*, estaba llegando a Nix y tan solo cien metros separaban a Nix de ser reducida a escombros.

El grupo de hechiceras había retrocedido hasta las escaleras. Ikastten explicaba a las asustadas Sandyx y Naixa lo que debían hacer.
- Tiene un Pergamino Tetraelemental de Posesión**, ¿sabéis lo que eso significa, verdad?
Las hechiceras del Agua asintieron lentamente con la cabeza.
- Debemos romper su trance – prosiguió Ikastten – Lanzaré mi mayor hechizo, prepararos para cualquier cosa.
Ikastten se adelantó unos pasos hacia Luzbel, cerró sus celestes ojos y comenzó a meditar con un halo de luz rojiza. En un instante, el halo desapareció, Ikastten abrió los ojos y pronunció:
- Rahma N´añarak O´al
Un torrente de energía partió de Ikastten y envolvió el cuerpo de Luzbel tiñéndolo de un tono pardo. A los segundos la energía explosionó en una nube anaranjada. Las hechiceras hicieron fuerza para no ser empujadas por la onda de la explosión.
Poco a poco, fue difuminándose la nube del hechizo. En su interior, se vio a Luzbel, intocable. Solo se percibían unos pequeños hilos de humo que ascendían desde su túnica. Lentamente, fue girándose. Y las hechiceras pudieron ver que los ojos de Luzbel eran normales, excepto por el terrible odio y rabia inhumano que mostraban.
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Re: Las Eras: La Era de los Elementos

Mensaje  PhoBoS el Vie Jul 10, 2009 8:16 pm

Argot estaba confundida. Todo lo confundida que podía estar una diosa. No sabía donde estaba, como había llegado allí. Bajó la vista, contemplando su pie derecho, que acababa de aplastar una sección de lo que la parecía una muralla minúscula. Ante ella se extendía una ciudad en miniatura.
Definitivamente, no estaba en Kosmos. Podía percibir una amplia gama de colores que no abundaban en su hogar. Verde, azul, …
Sus ojos tenían ahora su color original. Negros como la oscuridad absoluta. Con ellos, observó pequeños seres que correteaban, todos alejándose de ella. Si les había causado algún temor, no había sido esa su intención.
Notaba su mente extraña, pegajosa. Ahora se arrepentía de haber apurado aquella jarra de maná durante el banquete en Mycenash.
Levantó el pie de la muralla, sacudiéndose los trozos de roca y polvo de la bota. Desenvainó su espada, cuya hoja era negra. Lanzó un suave mandoble al aire con ella y volvió a guardarla en su vaina.
Por un momento no sucedió nada. Pero en la zona donde había sido dado el mandoble, se apreciaba una fina línea.
Con el bramido de un vendaval, la fina línea se convirtió en una elipse negra rodeada por un borde blanco luminoso. Sus dimensiones eran muy semejantes a las de Argon. El rugido del aire a su alrededor era ensordecedor.
Argon lanzó un último vistazo a aquella extraña tierra y, con su cabellera azotada por el viento, atravesó la elipse. Ésta fue reduciéndose hasta hacerse un punto de luz y desaparecer.
La partida de Argon fue como el final de una tormenta. Se podría decir que llegó la tranquilidad si no fuera por la gran algarabía que presentaban los ciudadanos de Nix. Aquella noche muy pocos conciliarían el sueño.

Todavía no había anochecido, pero la gran luna de Argentum era visible a través del ventanal de la torre de Luzbel. Hecho del que no se percataron en su interior.
Luzbel escupía de rabia al hablar.
- ¡Malditas perras! – maldijo Luzbel - ¡Habéis arruinado todo, después de tanto tiempo! ¡Vais a sufrir putas de Averno!
Ikastten concentró su energía preparándose para el ataque. Pero Sandyx y Naixa estaban heladas. Parecía increíble que aquel fuera el gran maestro Luzbel, mago sabio y medido. Su rostro estaba desfigurado por una mezcla de rabia, odio y orgullo.
Ikastten apenas pudo girar el cuello para sacar a las hechiceras del Agua de su trance. Luzbel ya estaba pronunciando las terribles palabras.
- Nuclear N´añarak O´al
Una descomunal explosión envolvió a Naixa. Ikastten y Sandyx volaron por los aires 3 o 4 metros por encima del suelo hasta colisionar con la zona de la pared opuesta al ventanal.
Naixa lanzaba agónicos alaridos tirada en el suelo. Intentaba incorporarse apoyando su brazo derecho. Brazo que ya no estaba allí. Había desaparecido junto a gran parte de su costado derecho desde el hombro hasta pasada la cintura. En su lugar, una franja rojiza de masa sangrienta formada por los huesos y músculos fundidos de aquella zona de su cuerpo. Por tanto, los intentos de levantarse de Naixa solo conseguían embadurnar de sangre la alfombra de lobo polar sobre la que estaba caída.
Sandyx gritó el nombre de su compañera y se lanzó hacia ella para socorrerla, pero fue frenada en seco por un tirón de su túnica.
- ¡No vayas, debemos permanecer unidas para salvarla! – la gritó Ikastten.
Sandyx se contuvo y focalizó su ira hacia Luzbel. Parte del odio de su cara había sido sustituido por la burla.
- Y ahora, por favor, corred a ayudar a esa moribunda piltrafa – se mofó Luzbel señalando con el dedo a la ya casi inmóvil Naixa.
Ikastten miró a Sandyx.
- ¡Protección!
Las dos hechiceras pronunciaron las mismas palabras al unísono:
- Ahap´ Encorp Sanctus
De cada hechicera emergió una esfera de energía de unos cinco metros de diámetro. La esfera de Ikastten era roja y la de Sandyx azul, las partes de ambas esferas que coincidían se tornaban de color morado.
-¡Ja! Como queráis – dijo Luzbel con los ojos muy abiertos y los labios apenas entreabiertos.
Descargó de nuevo el mismo hechizo, esta vez golpeó contra la energía que protegía a las hechiceras. Ikastten y Sandyx se esforzaron en no perder la concentración con tal impacto. La muralla seguía intacta.
Otra vez más, el hechizo fue dicho por Luzbel, con voz potente, y de nuevo impactó contra la muralla de energía. Ikastten se tambaleó y Sandyx tuvo que hincar una rodilla en el suelo. Pero resistieron, aunque las esporas se habían tornado mucho más débiles.
¡Aja! – exclamó Luzbel
Un tercer hechizó diluyó completamente la defensa de las hechiceras que se desplomaron agotadas.
¡Ya sois mías! – susurró Luzbel mientras concentraba todo su poder.
Ikastten, caída de costado, cerró los ojos y espero su final, esperó que las mortales palabras fueran pronunciadas y, por fin, sus súplicas fueron atendidas.
- Nuclear N´añarak O´al
Ikastten abrió los ojos sorprendida. Luzbel no había pronunciado aquellas palabras. La voz era femenina y le era familiar. Antes de poder buscar a la lanzadora del hechizo, vio como Luzbel era golpeado y catapultado por la explosión contra la pared. Atravesó el ventanal y cayó al vacío acompañado por una nube de cristales.
Alguien corrió hacia el ventanal. Una joven humana de pelo dorado vestida con una túnica granate, se asomaba por el agujero dejado por la colisión de Luzbel contra el ventanal.
¡Suicune! – grito alegre Ikastten.
Suicune no prestó atención. Observaba la caída de Luzbel hacia su trágico final. Percibió un movimiento a la derecha de su visión. Inexplicablemente un dragón azul surgió volando del lateral de la torre y cayó en picado hacia Luzbel. Antes de que se estampara contra el suelo, cambió de dirección y recogió a al mago sobre su lomo.
Suicune no vio a Luzbel moverse. Quien sabe, quizás estuviera muerto. En su interior una voz le decía que no tendría tanta suerte.
Ikastten había recuperado parte de sus energías y se puso en pie. Quería poder saludar y agradecerle a Suicune, alta hechicera de su Fuerza. Parecía que el mensaje telepático fue rápidamente atendido.
Un gemido hizo que desviara su atención de Suicune. Sandyx se encontraba arrodillada con la cabeza de Naixa en su regazo. Lloraba la muerte de su amiga.
Naixa estaba pálida y su cuerpo no emitía latidos ni sus pulmones inspiraban aire.
Ikastten se sentía realmente conmovida. Se acercó a Sandyx.
- Rápido, aún tenemos tiempo – susurró Ikastten.
Sandyx se aferró a sus palabras como si no hubiera otra cosa en el mundo. Ambas hechiceras se separaron del cuerpo. Ikastten alzó sus dos brazos en línea recta con las palmas orientadas hacia el suelo.
El cuerpo de Naixa centelleó con cientos de pequeñas luces que terminaron envolviéndolo. Al disiparse el hechizo, el cuerpo de Naixa seguía inmóvil. Pero estaba totalmente recompuesta y el color de su piel era el de siempre. Con lentitud, fue despertándose.
Una gran alegría invadió a Sandyx y se arrojó a levantar a su confundida compañera.
Una mano se posó en el hombro de Ikastten. Suicune la miraba orgullosa.
- Buen trabajo hermana Ikastten. No sabéis hasta que punto vuestra valentía ha salvado hoy Argentum.
- Ikastten – Sandyx la llamó.
Lágrimas asomaban en sus ojos y una expresión de gratitud sin límites afloraba en sus gestos. Sandyx abrazó a Ikastten como señal de amistad.
Intuyó que el viaje de vuelta se le haría más corto de lo que esperaba.
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Re: Las Eras: La Era de los Elementos

Mensaje  PhoBoS el Vie Jul 10, 2009 8:18 pm

Ire añadiendo el resto a medida que se me vaya ocurriendo.
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Re: Las Eras: La Era de los Elementos

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